La persecución religiosa

 

Durante los años Treinta la intensidad y el radicalismo de la intolerancia religiosa y anticlerical se hizo más violento que los años anteriores y se concretó en continuos e impunes saqueos de los bienes eclesiásticos, incendio de conventos e iglesias, con asesinatos de sacerdotes, religiosos, religiosas y seglares católicos. En una España dividida por la guerra civil, la persecución religiosa prosiguió en la zona republicana superándose, al acabar el verano de 1936, la cifra de 6.832 asesinatos de no combatientes, por el único motivo de su fe y religión.

Las monjas de “Al Pie de la Cruz” desde 1931 tuvieron que abandonar la clausura del Monasterio varias veces y refugiarse en casas de bienhechores y familiares. En ese clima de inseguridad y peligro es elegida Priora la Beata María Guadalupe quien anima sabiamente a las hermanas y las guía con prudentes decisiones. Más tarde siendo Maestra de Novicias por segunda vez, transmitirá a las jóvenes, con el ejemplo de sus virtudes, su entusiasmo y su entrega incondicional a la voluntad del Padre: serenidad, paz y certeza de una vida eterna de comunión con Dios.

En el verano de 1936, por orden del Sr. Arzobispo, se vistieron de seglares (foto) y abandonaron el Monasterio para refugiarse en casa de sus respectivos familiares una vez más.  Durante su estancia en Albal pasó sus últimas semanas en casa de su hermana Filomena, que vivía en la calle de la Torre. A pesar del clima de miedo por los numerosos asesinatos de curas y monjas, nadie la recuerda vacilar o temer. Por el contrario, resuenan frases llenas de una profunda paz y confianza en Dios:

  • Por mí sola tendría miedo, pero yo no confío en mí, sino en Dios; si él me quiere mártir, me dará lo que necesito para serlo.

El Señor sostuvo en el momento de la prueba a su sierva fiel, quien, abandonada en sus manos, entregó el espíritu.

 


Si Dios me quiere mártir
me dará
lo que necesito
para serlo.